Laura de Hertelendy fue reconocida este año con el Testimonio Clarín Rural en la categoría Trayectoria en Empresa Familiar. Su historia ilustra la evolución de la ganadería en los ambientes más desafiantes del norte
A veces, la historia de una persona parece escrita por el paisaje que la rodea. En el caso de Laura de Hertelendy, recientemente distinguida con el Testimonio Clarín Rural en la categoría Trayectoria en Empresa Familiar, ese paisaje está hecho de arcillas pesadas, montes duros y aguas impredecibles. Un territorio donde pocos se animan a quedarse, pero donde ella construyó, durante más de cinco décadas, una empresa ganadera que hoy es referencia en Formosa y en la región.
Su vida comenzó no muy lejos de allí, en El Dorado, Misiones, donde su padre, un médico sanitarista, había sido convocado para estudiar el comportamiento de los monos en plena epidemia de fiebre amarilla. A los seis años, la familia se trasladó a La Pampa, aunque la adolescencia y la formación profesional la encontrarían en Buenos Aires. Estudió Ciencias Económicas en la UCA a la vez que cursaba publicidad en la Universidad del Salvador. “Soy publicista, nada que ver con lo que hice después, pero me sirvió muchísimo”, dice hoy.
En 1969, con apenas 22 años, su vida dio un giro definitivo. Viajó a Formosa para conocer un campo que unos tíos habían comprado y allí conoció a Bernardo Hertelendy, ingeniero agrónomo, formoseño y profundo conocedor de los pastos del norte. A los diez meses estaban casados, instalados en la provincia y comenzando una historia que marcaría a la ganadería regional. “Fue difícil, mi madre era terriblemente miedosa -recuerda-. Los primeros meses fueron en la ciudad, pero siempre quisimos vivir en el campo, algo no muy común en Formosa”.
Ese campo, conocido como Clarín, se ubica entre Formosa y Clorinda, entre la ruta 11 y el río Paraguay. Son 17 kilómetros de costa “en el medio de la nada”, como lo define Laura. Allí se instaló en 1969 sin luz, rodeada de un ambiente en el que todos hablaban guaraní. Pero la falta de confort nunca fue un obstáculo: “Yo era muy aventurera, me encantó”.
En la sangre de Laura está el apellido Heguy, de su madre, lo cual ayuda a entender uno de sus vínculos más fuertes: los caballos. Siempre fue buena jinete, y gracias a ello y a su disposición natural para el trabajo comunitario, tuvo siempre buena llegada con la gente. De hecho, ella misma vacunaba contra la poliomielitis a pobladores cercanos. A la par, junto con Bernardo, fundador de la empresa, empezaba la transformación del rodeo: de hacienda criolla a una ganadería de selección sistemática.
En 1969 también dio su primer paso gremial: fundó junto a otros productores el primer CREA de Formosa, reflejo de su vocación de armar equipos, generar participación y discutir ideas. “Siempre fui muy interesada en lo común, lo público. Soy bastante politiquera, de armar grupos y apoyar movimientos. Es mi esencia”, admite.
En el campo formoseño vivieron 17 años seguidos y de hecho no se irían nunca del todo, aunque una tragedia los obligaría a trasladarse a Buenos Aires: la muerte de su hija mayor, a los 15 años, en un accidente.
En los años 80, los Hertelendy se asociaron con un productor de la Cuenca del Salado y comenzaron a desarrollar un Brangus colorado que se adaptó muy bien al ambiente formoseño. Llevaron toros con un porcentaje importante de cebú para cruzar con un rodeo “angus acriollado, muy rústico pero de baja calidad carnicera”.
Con el tiempo, la empresa se orientó a producir reproductores para el medio, con rigurosidad en datos y selección. Hoy la firma produce 180 toros Brangus colorados por año, apoyada en un rodeo de 3.000 vacas, más de la mitad inscritas. A esto se suma la cría de búfalos y la cría vacuna general, mientras que en campos de La Pampa la empresa hace agricultura, tiene un rodeo de cría y un feedlot.
“Nunca buscamos la idea salvadora, que es un error común. Para desarrollar la ganadería hay que apoyarse armónicamente en alimentación, sanidad, manejo y genética”, subraya.
El crecimiento fue gradual. Más de 5.000 hectáreas se sistematizaron primero para arroz -en sociedad con productores de la zona- para luego ser reconvertidas a pasto pangola, una gramínea de excelente adaptación a ese medio. Más recientemente se incorporó la tangola, ideal para los bajos. Además sumaron apotreramiento, aguadas y experiencias controladas de pastoreo rotativo. En ese proceso, el trabajo con técnicos del INTA fue constante.
El ambiente exige precisión: suelos arcillosos, 1.300 mm de lluvia al año concentrados en primavera y otoño, y extensas zonas inundables cerca del río. En esas franjas se ensayó agricultura -soja y maíz- con buenos resultados, aunque el peso de las retenciones llevó a discontinuar la actividad. Hoy vuelven a sembrar maíz, pero destinado exclusivamente a la alimentación del rodeo.
El manejo ganadero de los Hertelendy combina rusticidad, selección fina y bienestar animal. El ternero nacido en Formosa que no es seleccionado como reproductor viaja luego a La Pampa. Parece un traslado largo, pero la eficiencia de los animales lo justifica. Los destetes de terneros producto de los servicios de otoño, hijos de vaquillonas, se realizan con 140-150 kilos, y los del servicio de primavera, con 170-180 kilos. “No hay que dejarlos mucho al pie de la madre porque la alimentación en Formosa es dura”, explica Laura.
Uno de los pilares es el buen trato. Sin perros, sin gritos. “Al animal no hay que asustarlo; hay que explicarle”, afirma. De esa filosofía surge “la escuelita” de los terneros: un periodo de 15 días en corral después del destete para que aprendan a comer, adaptarse al manejo y perder el miedo al hombre. Luego siguen su camino según el destino: reposición, toros o feedlot.
Todos los animales del rodeo, sin excepción, pasan de a tres, en la manga, por el ojo de Laura. Ese control, asegura, es “tecnología de procesos”. Recrían 700-800 hembras para reposición y 150-160 toritos al año. “Me baso en genética de poblaciones: pretendo que todo el rodeo pueda ser madre de un toro, no solo las inscritas”. El rodeo de Formosa logra un 85-90% de preñez y 75% de destete, y la productora admite que esa merma sigue siendo un desafío sanitario sin resolver en la zona. “La pérdida es del 10-12 por ciento, y en algunas categorías más todavía, entre las vaquillonas es dramático. Algo hay -que no es una patología- pero es un problema generalizado, es una materia pendiente en investigación”, reconoce.
Hace doce años murió Bernardo. Los hijos le pidieron a Laura que siguiera adelante con la empresa, pero ella les puso una condición: que se involucraran. Y así lo hicieron.
La hija menor, Delfina, manejó hasta hace poco el feedlot. Andrés está al frente de los campos de La Pampa y Máximo, licenciado en Administración, lleva adelante el trabajo de escritorio en Buenos Aires. “Todo se tiene que comunicar”, resume.
La empresa continúa creciendo. Acaban de rematar 1.000 vientres en conjunto con otros productores y mantienen el ritmo productivo que caracteriza a la familia. En el feedlot pampeano, los novillos salen terminados con 380-390 kilos a los 14 meses de haber nacido en el norte.
El Testimonio Clarín Rural, Laura se lo dedicó a Formosa, “toda futuro, esperando que se le den las condiciones apropiadas para desarrollar todo su potencial”. Fueron palabras de una pampeana que se volvió formoseña, una publicista que se transformó en ganadera de precisión, una mujer que vivió en los bordes del río Paraguay construyendo una empresa familiar en uno de los ambientes más desafiantes del país.
Bajo la sombra fresca del monte de quebracho, lapacho, guayacán y urunday, Laura de Hertelendy no cuenta su historia como quien celebra una hazaña, sino como quien repasa un camino que aún sigue. Un camino hecho de trabajo, aprendizajes y una convicción simple pero poderosa: “Los campos hay que ir domándolos año tras año”. Y, en su caso, también domar los tiempos, las pérdidas y la vida misma.
Publicado: 02 de diciembre de 2025
Fuente: Clarín
Atrás